En la víspera de Todos los Santos, cuando la luna apenas lograba atravesar el manto de nubes negras que cubría el cielo de Britannia, los niños corrían por las calles de Jhelom riendo, luciendo sus máscaras de monstruos y llenándose los bolsillos de dulces. Creían que esa noche era solo un juego, una fiesta importada, un motivo más para bromear y asustarse entre ellos. No sabían —porque los mayores también lo habían olvidado— que aquella fecha nació para recordar algo que jamás debió perderse en la memoria: el tenue límite que separa el mundo de los vivos del dominio de los muertos.
Desde la Noche de los Muertos, un susurro oscuro había comenzado a crecer en el viejo cementerio de Jhelom. Primero fue apenas un murmullo entre las lápidas, un frío extraño que incluso los guardias evitaban enfrentar. Pero noche tras noche, mientras los niños encendían farolillos con forma de calabaza y los adultos brindaban sin preocupación, el poder oculto se alimentaba de su olvido.
Ese poder había aprendido a esconderse bajo los colores festivos, a disfrazarse entre risas, a mezclarse con el olor a caramelo. Pero su verdadero rostro era antiguo y terrible: una fuerza que conectaba el reino de los muertos, el abismo de los demonios y el sueño eterno con el mundo de los vivos. Una fuerza que había despertado con un propósito claro… reclamar almas.
Todas las almas.
Las tumbas temblaron cuando la barrera entre mundos se quebró. Los no-muertos, ahora imbuidos con energías jamás vistas, emergieron del suelo con un brillo enfermizo en sus ojos vacíos. No eran simples esqueletos errantes; eran heraldos de la oscuridad creciente, legiones reforzadas por el poder que ansiaba devorar Britannia entera. Eran los miembros de la Santa Santa Campaña.
La primera en ser atacada es la ciudad de Jhelom. Sus murallas, orgullosas y antiguas, no pueden sostener la embestida de los que ya no temían al dolor ni a la muerte. Las hordas avanzan sin piedad, invadiendo callejones, casas y plazas donde horas antes reinaban las risas infantiles.
La noche dejó de ser un juego.
Las historias que la humanidad había olvidado volvían a respirarse en cada rincón: antiguas leyendas de un ser que buscaba unir ambos mundos, engullir la luz y arrastrar a todos a un reino de sombras eternas donde la muerte y los demonios gobiernan sin oposición.
Ahora, sus ejércitos marchan.
Y los héroes que aún viven deben decidir si enfrentarán la oscuridad… o si se unirán a los niños que, sin saberlo, celebraban su propia despedida.


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